En esta crónica se cambiaron los nombres de las fuentes, de varias empresas, de las locaciones y de ciertas personas para protegerlas del despotismo criollo y las malas mañas. Le ocurrió al esposo de la madre del primo del hijo del nieto de la madre de una madre; o al amigo del amigo de un amigo; o sencillamente a nadie.
UN DÍA EN BOLIPUERTOS
Salimos como a las 5:45 junto a los rayos del sol, con una ponchera de café, a nuestra aventura portuaria. La calle aragüeña madrugada, como siempre, estaba sola; aquí nadie madruga. Y después me pregunto por qué Dios se olvidó de
El día anterior, miércoles, habíamos hecho los arreglos necesarios para no tener improvistos en el puerto. Ya mi jefe inmediato, el gerente, había ido al puerto dos meses y medio antes a chequear la mercancía de la importación pasada. Nos tocaba hacer el mismo trabajito que el hizo. En su aventura porteña se topó con la representativa disciplina aduanera y portuaria; le exigieron botas de seguridad (que no tenía), un casco (que le prestaron) y un chaleco de seguridad (también prestado). Al final pasó a los muelles por misericordia divina. Así que compramos ese miércoles, día anterior a la aventura, lo que le faltó al gerente de la empresa en ese viaje pasado para no molestar a las autoridades y evitar contratiempos. También, a eso de las 4:30 de la tarde del miércoles, habíamos mandado por fax un par de cartas con nuestros datos y unas copias de nuestras Cedulas de Identidad para concretar y tramitar nuestros pases portuarios para ese jueves.
-Coye flaco, me extraña eso- Le dijo el Sargento al Señor de Bigotes en voz muy alta -¡Tu sabes como es la vaina aquí, sin pase no pueden entrar!- Afirmó con el tonito típico, gestualizando con las manos elevadas y abiertas.
-Pero mi Sargento, mire- Le mostró el oficio firmado por las oficinas de Bolivariana de Puertos poniendo su dedo sobre el garabato.
-Me extraña flaco, háblate con la señora María en las oficinas, a ver si te cuadras con ella, porque yo, no puedo hacer nada por ti- Y el sargentucho con sus bigoticos de corrupto se hizo el huevón y entró en el papel de desinteresado con sus manos posadas sobre el pasamano lateral, viendo el flujo de carros y a su superior a nuestra derecha. Mientras, entraban chorros de personas a su espalda pasando a nuestros ojos sin ser cuestionadas por su pase. El colmo de la matraca
Apuesto una y parte de otra que la cantidad de rojitos que vi ese día eran dignos de mostrárselos a Micomandante. Pero seguramente más de uno se pone esa camisa roja por conveniencia (digo yo) y no comparten ni medio de la politiquería que impregna todas las empresas del Estado; al menos los civilizados pensantes que no se engañan. Pero a éstas, ya dentro del aire acondicionado de la sala de espera (roja) de Bolipuertos, nos pusimos en una esquina a esperar la intervención del chofer que ya había vuelto e intentaría con sus dotes de joven reggaetonero sacarnos los pases tempranos con la señora María. Mi jefe, el presidente de la empresa, con la misma cara que yo, ostentaba la fe de que tarde o temprano entraríamos al depósito donde se encontraba nuestra mercancía. El panita chofer entró, no tardó, y salió con una cara larga gruñendo y maldiciendo en voz baja: “’sa vieja ‘ño e’ madre, no dio un coño”. Ahí mismito, saliendo de la oficina, le pregunté que qué había pasado y imitando a la señora dijo: “uste’ sabe como son laj’ cosa’, no les daremos nada hasta la ‘juna…”.
“¿Así que para esto era el refresquito?” Pensé cual secuaz cómplice. Y así, el Chamo mostró la identificación cuadrada de la camionetota vinotinto con unos dígitos que no recuerdo, e inmediatamente el refresco flotó solito mágicamente hasta las manos del Capitán. El militar nos indicó con un gesto y una cara seria que siguiéramos. Yo casi detono de júbilo, pero le pregunté prudentemente: “Mira viejo, ¿pero ya pasamos?”. “Al menos ésta si” respondió casi sonriendo el Chamo Rodríguez. Supuse que pasaríamos por la misma penuria nerviosa en la segunda alcabala, la civil. Pero no; pasamos como botellazo e’ puta: rápido y certero. Casi canto de felicidad, pero no lo hice por compostura carreñística. Habíamos entrado al puertote, el más grande de Venezuela; era épico… Histórico… Imponente… Arruinado. Así mismo, arruinado.
-Éstas- Nos dijo señalando unas inmensas grúas, como de unos
-Que muérganos esos tipos, para eso agarran todo, para dejarlo perder. Este gobierno coño e’ madre…- Dijo mi jefe indignado.
-Pero mira, ¿El Gobierno indemnizó a las empresas expropiadas?- Le pregunté.
-No, hasta donde tengo entendido los del gobierno agarraron las oficinas, y en el caso de Saexport, no les pagaron un coño...
-Ta’ bien… Pero… Cuéntame, ¿Hay mucho contrabando en el puerto?
-Si te fijaras que ha disminuido algo, al menos a los ojos civiles. Antes era exagerado. De importación y de exportación. Yo trabajaba en otra empresa y la corrupción que veíamos era tremenda. Los Guardias Nacionales eran capaces de derramar líquidos de importaciones importantes en el piso solo para descartar narcotráfico y apropiarse de los contenidos alcohólicos para venderlos en el mercado negro.
-¡Que bolas!- Exclamé en respuesta.
- No pana, y eso no es nada; hay cuentos de cuentos – Dijo El Chamo Rodríguez intrigando, pero no se me ocurrió preguntarle más detalles, muy a mi pesar. Nos dijo varias cosas más que detesto no recordar en este momento.
Noto con preocupación que no solo los funcionarios de CADIVI ponen trabas en la consecución de divisas. El sistema está diseñado de una manera engorrosa y la legislación es una piedra en el camino para que las pequeñas y medianas empresas (PYMES) se desempeñen económicamente. En primera instancia, para importar como empresa, se necesita solicitar ante el Ministerio del Poder Popular para
El año pasado, los hijos de puta tardaron MESES en hacer el acta de verificación y terminamos endeudándonos con el proveedor. Tuvimos que pedir un Certificado De Deuda apostillado en la embajada venezolana, en Estados Unidos, y pedir más prórroga penosa al proveedor. En esta penuria se encuentra gran parte de los pequeños y medianos empresarios venezolanos. Ya los venezolanos, por culpa del control de cambio, tenemos fama de mala paga. Por la falta de eficiencia en los organismos del Estado y en
Guardias Nacionales, Ejército, Aviación, Funcionarios de CADIVI, del SENIAT, de Bolipuertos, políticos, pequeños, medianos y grandes empresarios, gobierno corrupto: todos caimanes del mismo charco. El colmo que todos paguen bajo e’ la mesa para llevar sus fines a cabo y para poder negociar con “dignidad”. Y ni hablar del narcotráfico que se huele desde este escritorio a más de 150 kilómetros de distancia de los muelles. Y sumándole los containers de comida podrida que el gobierno dice investigar. Lo que más lamento es no recordar más detalles de lo que vi, oí, olí y sentí en Puerto Cabello ese día. Mi corazón se hincha con la matraca. Y el contrabando, escondido tras bastidores, hizo de mi viaje al puerto más grande del país, una aventura periodística. Claro, empapada en especulación, rumores y en lo que corre en boca de los porteños. Al carajo la verificación de fuentes y documentos: el rumor es la verdad más pura cuando de corrupción se trata. Con tal que yo no termine encanado, nos dejen importar nuestra mercancía sin pagar de más y no sigan pudriendo la comida en los puertos, todo estará bien.
